jueves, 8 de marzo de 2018

Los ojos de mi abuelo


La memoria no me traiciona recuerdo a mi abuelo, llamado Izaac de buen talle, muy bien parecido, elegante, con sombrero y bastón, tocando siempre en el piso de madera, aquel sonido repetitivo del tac, tac, como si las duelas de eucalipto respondieran al impacto  del metal, siempre lo mire con su corbata y camisa bien planchada, con su traje de casimir; negro o azul obscuro, sus zapatos bien lustrados, para que todo combine perfecto, como él afirma, -todo un gamonal- con  aquellos lentes cafés, pues él sufre de presbicia desde hace algunos años, con mucho cuidado los guarda en el bolsillo del pecho de la leva junto a la solapa. Mientras Auri, mi abuela le mira fijamente sin parpadear, y el brillo de sus ojos hermosos resplandecen aún más, cuando él se mira en el espejo, con un leve gesto de aceptación.  El silencio se apodera de Auri, esperando tal vez un gesto de agradecimiento, una sonrisa fingida de Izaac… Espera en vano, él ni siquiera regresa a verla, enseguida sale de casa, mirando insistentemente el reloj de bolsillo, del chaleco de su traje negro impecable. Mientras tanto, camino muy cerca de Auri, deslizo la cortina, mientras mi mirada atraviesa los vidrios trasparentes, de aquella pequeña ventana con algunas divisiones, que se entrecruzan simulando un tablero de ajedrez. Lo miro a mi abuelo hasta que desaparece a lo lejos, hasta la casa de la esquina con su portón de piedra. Pienso -Seguro que vendrá feliz, con una que otra mentira para convencer de su demora, y aunque no llegue a la misma hora, trae siempre   algo   en su mano para mí...-
Auri es mi abuela, ella es pequeña de estatura, una morena hermosa, con unos rasgos   exóticos, sus ojos cafés miel brillantes, contrastan con lo que reflejan: el desamor, la tristeza, y su dulzura, escondida a flor de piel.  Ella me inquieta para sentarme a su lado, mientras remueve el café de la tarde, para volver a contar sus historias; de almas, de fantasmas, todos los episodios de amor por mi Abuelo. Me siento a sus pies y mientras acaricia suavemente mi cabello, comienza la tarde llena de aventuras… Me quedo en silencio, mientras ella de vez en cuando da un sorbo a su café, y vuelve a narrar; sus deseos, sus propias vivencias… Anochece y nadie llega… El sueño hace presa de mi -me voy a dormir Auri -, le digo así a ella con cariño, porque soy su nieta preferida.  A lo cual ella responde   -mi nena, te doy muchos besos aquí en tú mano, ciérralas para que no se escapen, y los abras antes de dormir-, replicó Auri, mirándome sin parpadear como queriendo decirme algo más, se detiene y me dice -Nati, en tu mano llevas las alas del amor- La abrazo.
  Mientras me alejo, regreso a mirarla, ella se queda inmóvil frente a la ventana esperándolo hasta no sé qué hora...
A la mañana siguiente, recibo unos obsequios que dejó mi abuelo, en el velador, él tan caballero no se olvida de nada, con una nota que decía -Lo siento, llegue tarde- un beso-. Abro   emocionada los regalos; son cajas de dulces, chocolates con almendras, pero una de la ella son las preferidas de Auri, entonces   le adorno con un pompón rojo brillante, y me dirijo donde está ella, para dárselo en ese instante –Auri mira lo que te ha traído el Abuelo, afirmo -¿él te quiere mucho verdad?- Ella responde -Sí mi niña- y vuelve a sonreír falsamente y me desmorono… - Si alguien tiene   que despertar-
En   una de   las acostumbradas salidas, mi Abuelo promete llevarme hoy por la tarde de compras, sujeto mi libro de notas, y estoy haciendo mis propios planes…  Llegada la hora acordada, salimos de casa, regreso a mirar a mi amada Auri, le envío un beso volado, al cual me responde con muchos más.  La conversación está muy entretenida con mi abuelo Izaac, mientras nos encontramos en el taxi, él explica al chofer la dirección del local comercial. Llegamos a ingresar a la Joyería, que deslumbra, e hipnotiza a cualquiera que los mira, por su estética y por lo que las joyas representan. Mi abuelo Izaac, me habla con mucha ternura, -escoge lo que tú quieras, y sonríe-. Muevo la cabeza aceptando su generosidad, de pronto, me atravieso delante de él que termina en el   piso, y sus lentes en mis   manos, comienza a buscarlos y nadie le da razón. Sonrío… Decidimos regresar a casa, me   sujeto de sus manos, para guiarle por las gradas, tropezándose, de vez en cuando, alcanzamos hasta la avenida, pero en ese instante comienza a llover copiosamente, suelto su mano y me refugio. Él se moja y   grita insistentemente mi nombre, me quedo inmóvil, mientras lo observo, se desespera, y pienso “Si estuviera aquí Auri no lo dejaría, lo abrigara y ella terminaría empapada y él ni siquiera unas gracias, pero no soy Auri”.  Lo dejo allí por un tiempo, mientras se   moja   sin cesar, mueve insistentemente sus manos, como intentando encontrarme, no me da remordimiento, y pienso “puedo dejarlo allí y las autoridades le llevaran a un refugio de desamparados…  reacciono, para luego   sostener su mano y llevarlo al ingreso de la   joyería, para que se resguarde del frío y   la lluvia, reflexiono, “Auri no lo hubiese dejado allí, seguro que lo hubiera protegido, pero no soy Auri”. Él me habla con una voz dulce amorosa y preocupado por mí, expresa -No te inquietes Nati, todo está bien- afirma mi abuelo Izaac -Llegaremos a casa muy pronto mi querida Nati-. Pasa mucho tiempo, antes de, conseguir un auto para llevarnos a nuestra vivienda, en todo el trayecto, él comienza a toser, mientras   sostiene mi mano…
Cuando   ingresamos   a nuestro hogar se oye la voz intensa de mi abuelo Izaac, con un   grito -¡Aura ven, no me ves que estoy mojado, trae una toalla o un manta para cubrirme, muévete, eres demasiado   lenta, entendiste¡-  insiste Izaac mi abuelo.  Auri como un viento trae una manta y lo cubre, ella por supuesto se moja y mi abuelo, ni siquiera le pregunta ni saluda, ni nada. Mientras sube las gradas refunfuñando, sosteniéndose de Auri le dice -  perdí los lentes-, en ese instante, sostengo sus lentes con mis manos que están en mi bolsillo. Me retiro tranquila de la sala. Pero Los gritos no cesan, mi abuelo con su voz irritante   exige- ¡café bien cargado, ropa limpia y bien planchada, una frazada más!- y para rematar esta estupidez le exige que le lea las noticias del diario, que no alcanzó a terminar   por la salida de la tarde. Y en cada falla de Auri mientras lee, se exalta, grita y   da de   golpes en el   velador; por la demora, por sus tropiezos, o por lo que sea.  Reflexiono,” Si en ese café estuviera un    tranquilizante, se   dormiría y nos dejaría en paz de   tantos gritos.  O si mi abuelo se va donde siempre lo atienden tan bien, que viene   rebosante de felicidad”. 
Al día siguiente llega el médico para examinarle, le receta una medicina y le dice a mi abuela   Auri  que  lo  cuide  porque  está  con  una   bronquitis.  Ella acepta todas órdenes, para cumplirlas al pie de la letra. Los  gritos continúan,  las  exigencias  y  cada vez  se  pone  más   abusivo hasta  el punto  que  le exige que le ponga las  sandalias, que  le  afeite  para  estar  bien  presentado. Ella continúa   cuidándolo cual enfermera, y   el anciano molesto, no  se  reconcilia  con  su corazón e insiste  ofendiendo  a  mi amada Auri; no le agradece, ni  le respeta, y   mi  corazón  vuelve a  estar  solo.
  A hurtadillas ingreso en el cuarto, pero él no se despierta tomo parte de las medicinas y las boto en la basura. Por la tarde llega otra vez el médico, le ponen suero con antibióticos y le vuelven a dar más medicinas porque la temperatura continúa subiendo. Ese día, mientras el crepúsculo   se apropia de las estrellas, que nerviosas ofrecen su luz. La soledad de la casa resurge con la voz suave y delicadamente matizada de mi abuela.  -Natí ven niña, él pronuncia sólo tú nombre- dijo en voz baja Aurí, -¡apresúrate!-  Llegó a la habitación, y mientras ingreso, le miro a mi abuelo sonriendo -Nati tengo algo para ti-  afirmó -este collar es tuyo, mi amada niña-. Era  mi nombre gravado en unos pétalos  de orquídea, que  brillaba  mientras  él  coloca  en mi  cuello,  lo  observo, que  parecían  hablar  todo el  amor  que  tenía  por  mí. Le agradezco, le deseo una   pronta mejoría   y me retiro de la   habitación. Los días pasan de   igual manera, y por supuesto con la atención de Auri   mi abuelo se recupera.  Pero éste   episodio cambiaría la vida de alguien...  Un día cualquiera que prefiero recordar, observo a mi abuela haciendo unas maletas, - ¿A dónde vas Auri? - le pregunto sorprendida.  -La soledad es buena, pero cuando hay heridas que dejan huella, quedarse no vale la pena- ella replica - ¿por cierto, te vas conmigo? -Claro que sí- abrazo a mí querida abuela Auri y salimos de casa…