El silencio del amanecer es
interrumpido por el zumbido de un colibrí, de color azul brillante que
revoleaba junto al jardín de cucardas; rosas; claveles y orquídeas. Él se posó
en el árbol de Arupo para observar las hermosas flores. Lo que
llamó la atención era una orquídea que estaba acurrucada pálida; blanca y casi
transparente. Él se acercó y al mirarla
le preguntó -Eres la única flor que he visto de éste color, blanca como de
algodón. Ella respondió con voz tenue -Necesito el
color de otra flor para vivir- y palideció -También añoro mi árbol frondoso de
cacao y el calor de mi selva-. Ella se acurrucó nuevamente… Pero las flores del
jardín murmuraban -La orquídea está enferma de amor…-
El
colibrí enamorado permaneció en silencio, y no quiso delatar su amor, se
encumbró en el cielo veloz como un rayo. Así llego donde la alegre cucarda –Me
puedes dar el color de tu flor- él le pregunto -porque la orquídea está
enferma-. Ella así lo hizo, el colibrí cogió el líquido en su pico, voló donde
estaba la orquídea, dejo caer gota agota del color de la cucarda, mojó con el
líquido rosado resplandeciente. Pero ella permanecía aún pálida enrollada en el
jardín.
El
colibrí voló nuevamente donde vivían los geranios. Él les preguntó -¿Si podían
darle el color de su flor?-Porque la orquídea está enferma. Así lo hicieron cogió el líquido en el pico y
regresó donde estaba la orquídea. Dejó
caer gota a gota, hasta empaparla, con el color de los geranios. Pero ella permaneció inmóvil, pálida,
encogida en el jardín.
El colibrí voló nuevamente, donde se
encontraban las flores. Pidió ayuda para
la orquídea que está enferma; a la hermosa rosa, al humilde clavel y a la
delicada petunia. Pero la orquídea permaneció inmóvil, triste y cada vez más
debilitada.
El
colibrí voló por última vez hacia la cima de la montaña, donde el viento es,
frío como un tempano de hielo. Llegó al
jardín de la esquiva chuquiragua, él apenas pudo descender, porque sus alas
estaban casi congeladas por la escarcha y titiritando susurró – He venido de
tan lejos, para pedirte el color de tu flor, porque la orquídea está enferma-.
Pero ella contestó -¡No, no lo haré, mi color
es de oro, y será para mi eterno amor, ¡No!
Peor para la vanidosa orquídea- y cerró sus pétalos.
El
colibrí se puso triste y decidió volver. Mientras volaba muy bajo se lastimó al
enredarse entre las zarzas y así herido llegó donde estaba la orquídea,
descendió suavemente junto a ella, dejando caer unas gotas de su sangre. Entonces la orquídea se tornó de color rojo
brillante, una belleza inusual. Pero a ella no le importó, que a su lado yacía
el colibrí, desfalleciendo… La orquídea llamó con voz fuerte a todas las flores
del jardín para que aprecien su extraña belleza. Pero nadie se le acercó…
Las flores del jardín llamaron a una sola voz,
al guardián del cielo. El halcón se divisó en el firmamento y descendió cerca
del débil colibrí, lo cogió, lo trasportó donde se encontraba la esquiva chuquiragua,
para que ella gota a gota, salve su herido corazón. Ella así lo hizo
El colibrí se recuperó, su noble corazón al
fin, encontró a su verdadero amor junto a la esquiva chuquiragua.


