El león
ingresó por la puerta entreabierta de la Biblioteca. Se vio aparecer su
imponente figura. Si digo
león es solo para
aproximarme a la descripción a esa
criatura que turbó la paz de
la antigua biblioteca.
El león
sin expresar miedo alguno
rugió, un sonido
aterrador, para sí dijo: “Avanzaré
hacia la alfombra que se divisa
en el piso”.
Era una piel
de león blanca como
algodón, y se
movía suavemente con
la brisa que
ingresaba por la
ventana abierta de
la biblioteca, pero su
mirada se dirigió
también a la pared, en
la cual colgaba un
gran letrero que decía “Salvemos al
León está en
peligro de extinción” con una fotografía de un león sentado en un madero junto a su domador… Mientras el
león avanzaba tropezó
con un escritorio
que interrumpía el
paso, en él se encontraba
un libro abierto. El león se
detuvo y mirando las fotografías de sí mismo,
rugió fuerte una vez más,
como aceptando el
título digno del
rey de la
selva. Regresó su mirada hacía
la alfombra que
imponente yacía en
el piso, para
sí dijo:
“Qué suerte tengo
yo, todos me
ayudan a sobrevivir, y
no terminan como éste,
de alfombra, tapete
o adornando alguna
casa o biblioteca”. Replicó el león: “No puede haber suerte
más ingrata que
ésta, la de
mi especie , o ¿Tal
vez terminó así
por un ambicioso
humano?”. Mientras meditaba
se recostó por instantes en la alfombra y mirando
su rostro para sí
dijo: “Sus ojos
me producen miedo,
me asustan, me intimidan,
su poder me estremece, él es
el
rey de la
selva como yo, que
corría libre por
la sabana, no tuvo
cercas, ni cadenas
que lastimen su
melena.” El silencio fue
interrumpido por el crujir de las hojarascas que se arremolinaron junto a la
piel del león y
aquella sombra que se dejaba
levemente observar, esto
puso en máxima alerta todos
los sentidos del león, y sus
garras listas cual dagas afiladas, para rasgarlo todo. Su majestuosa imagen
se incorporó, desconcertado
buscaba a quien
arremeter, de pronto sin siquiera
darse cuenta, el aguijón
adormecedor de la tarántula estaba incrustado en
su piel, el dolor
era insoportable con cada
segundo que pasaba. Mientras la
substancia hacía el
efecto deseado, el
león se desplomó,
se desvanecía y sus
ojos entre abiertos
miró al hombre
que se acercaba
cada vez más,
y mirándole dijo: “¿Quién
eres?. El humano que
endiosé un día, eres
sabio y vanidoso, eres secreto
y poderoso, eres
aquel que me
cuidaba, que me alimentaba
de su mano,
sí tú eres el
carcelero, aquel que aprecia
el buen vino, y
siempre tubo tino
con el látigo
y el madero, aquel que no tiene piedad
ni de mi
alma ni de mi cuerpo, y
aunque me mira
que estoy en
agonía, no quiere mi libertad…”
Despertó
el león en la
jaula, y para sí
dijo: “Esta jaula
es demasiado pequeña, apenas
puedo moverme, y golpeándome
en los barrotes,
con mis garras aun
templando por los
efectos del somnífero, e intento
colocarlas en
el hierro, mi mente
y mi cuerpo
cayó en la
incredulidad y en el dolor… ¡NO, NO! ¡NO tengo mis garras! Me
mutilaron Y mi
cuello tiene la correa
atada a las cadenas que
lastiman, que aprietan, que apenas
puedo respirar. Sentí
desde mis entrañas
el fuego que
corría todo mi
cuerpo hasta el punto de
explotar, comencé a rugir
cada vez más
fuerte , y a golpearme una y
otra vez en los
barrotes , hasta sangrar. Hoy van
a saber quién
es el rey de
la selva, el animal salvaje,
el asesino aquel
que tiene corazón, resentimiento, alma, amor, odio, sentimientos que
los humanos saben
despertar en los
animales que aún heridos
de muerte les
dan lecciones de valentía,
de vida…” De pronto
vi a mi
carcelero, con el látigo
y el madero, mientras
me golpeaba, gritaba -¡basta!... y el
sonido del látigo ensordecía
mis oídos hasta el
punto de escuchar sólo los
latidos de mi
corazón. “Los golpes, las
heridas no me doblegan …” En aquel
instante su mirada
de odio se clavó en mis
ojos, respondiéndole así: “Tú eres
el rey del
cemento, el dueño y señor de
tú trono. Si yo destrozo y
devoro a mi presa lo hago por necesidad.
Tú me
tienes cautivo en
ésta jaula, me obligas de
madero en madero
a saltar, con el
látigo, me humillas, me
lastimas, me haces sangrar, ¡tú
lo haces por
vanidad!.”
“Yo soy el
rey de la selva, corro
libre por la
sabana que domino, soy
audaz, soy valiente,
por mis garras
soy temido, y nunca nadie
se ha atrevido, a
ingresar en mis dominios. Pero
si mato al
intruso me dicen: -Que
soy un animal
salvaje un asesino-
y aunque sé
que mi destino
será la bala
en mi melena,
nadie tendrá pena de
mi fatal destino. Prefiero terminar
así con mi
vida, ser el tapete
o alfombra en la
entrada de un
portal, o lo
que sea, que
vivir encarcelado, haciendo piruetas,
saltando de madero
en madero, y aunque
estoy condenado a
muerte soy digno
de mejor suerte.”
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