jueves, 8 de marzo de 2018

Los ojos de mi abuelo


La memoria no me traiciona recuerdo a mi abuelo, llamado Izaac de buen talle, muy bien parecido, elegante, con sombrero y bastón, tocando siempre en el piso de madera, aquel sonido repetitivo del tac, tac, como si las duelas de eucalipto respondieran al impacto  del metal, siempre lo mire con su corbata y camisa bien planchada, con su traje de casimir; negro o azul obscuro, sus zapatos bien lustrados, para que todo combine perfecto, como él afirma, -todo un gamonal- con  aquellos lentes cafés, pues él sufre de presbicia desde hace algunos años, con mucho cuidado los guarda en el bolsillo del pecho de la leva junto a la solapa. Mientras Auri, mi abuela le mira fijamente sin parpadear, y el brillo de sus ojos hermosos resplandecen aún más, cuando él se mira en el espejo, con un leve gesto de aceptación.  El silencio se apodera de Auri, esperando tal vez un gesto de agradecimiento, una sonrisa fingida de Izaac… Espera en vano, él ni siquiera regresa a verla, enseguida sale de casa, mirando insistentemente el reloj de bolsillo, del chaleco de su traje negro impecable. Mientras tanto, camino muy cerca de Auri, deslizo la cortina, mientras mi mirada atraviesa los vidrios trasparentes, de aquella pequeña ventana con algunas divisiones, que se entrecruzan simulando un tablero de ajedrez. Lo miro a mi abuelo hasta que desaparece a lo lejos, hasta la casa de la esquina con su portón de piedra. Pienso -Seguro que vendrá feliz, con una que otra mentira para convencer de su demora, y aunque no llegue a la misma hora, trae siempre   algo   en su mano para mí...-
Auri es mi abuela, ella es pequeña de estatura, una morena hermosa, con unos rasgos   exóticos, sus ojos cafés miel brillantes, contrastan con lo que reflejan: el desamor, la tristeza, y su dulzura, escondida a flor de piel.  Ella me inquieta para sentarme a su lado, mientras remueve el café de la tarde, para volver a contar sus historias; de almas, de fantasmas, todos los episodios de amor por mi Abuelo. Me siento a sus pies y mientras acaricia suavemente mi cabello, comienza la tarde llena de aventuras… Me quedo en silencio, mientras ella de vez en cuando da un sorbo a su café, y vuelve a narrar; sus deseos, sus propias vivencias… Anochece y nadie llega… El sueño hace presa de mi -me voy a dormir Auri -, le digo así a ella con cariño, porque soy su nieta preferida.  A lo cual ella responde   -mi nena, te doy muchos besos aquí en tú mano, ciérralas para que no se escapen, y los abras antes de dormir-, replicó Auri, mirándome sin parpadear como queriendo decirme algo más, se detiene y me dice -Nati, en tu mano llevas las alas del amor- La abrazo.
  Mientras me alejo, regreso a mirarla, ella se queda inmóvil frente a la ventana esperándolo hasta no sé qué hora...
A la mañana siguiente, recibo unos obsequios que dejó mi abuelo, en el velador, él tan caballero no se olvida de nada, con una nota que decía -Lo siento, llegue tarde- un beso-. Abro   emocionada los regalos; son cajas de dulces, chocolates con almendras, pero una de la ella son las preferidas de Auri, entonces   le adorno con un pompón rojo brillante, y me dirijo donde está ella, para dárselo en ese instante –Auri mira lo que te ha traído el Abuelo, afirmo -¿él te quiere mucho verdad?- Ella responde -Sí mi niña- y vuelve a sonreír falsamente y me desmorono… - Si alguien tiene   que despertar-
En   una de   las acostumbradas salidas, mi Abuelo promete llevarme hoy por la tarde de compras, sujeto mi libro de notas, y estoy haciendo mis propios planes…  Llegada la hora acordada, salimos de casa, regreso a mirar a mi amada Auri, le envío un beso volado, al cual me responde con muchos más.  La conversación está muy entretenida con mi abuelo Izaac, mientras nos encontramos en el taxi, él explica al chofer la dirección del local comercial. Llegamos a ingresar a la Joyería, que deslumbra, e hipnotiza a cualquiera que los mira, por su estética y por lo que las joyas representan. Mi abuelo Izaac, me habla con mucha ternura, -escoge lo que tú quieras, y sonríe-. Muevo la cabeza aceptando su generosidad, de pronto, me atravieso delante de él que termina en el   piso, y sus lentes en mis   manos, comienza a buscarlos y nadie le da razón. Sonrío… Decidimos regresar a casa, me   sujeto de sus manos, para guiarle por las gradas, tropezándose, de vez en cuando, alcanzamos hasta la avenida, pero en ese instante comienza a llover copiosamente, suelto su mano y me refugio. Él se moja y   grita insistentemente mi nombre, me quedo inmóvil, mientras lo observo, se desespera, y pienso “Si estuviera aquí Auri no lo dejaría, lo abrigara y ella terminaría empapada y él ni siquiera unas gracias, pero no soy Auri”.  Lo dejo allí por un tiempo, mientras se   moja   sin cesar, mueve insistentemente sus manos, como intentando encontrarme, no me da remordimiento, y pienso “puedo dejarlo allí y las autoridades le llevaran a un refugio de desamparados…  reacciono, para luego   sostener su mano y llevarlo al ingreso de la   joyería, para que se resguarde del frío y   la lluvia, reflexiono, “Auri no lo hubiese dejado allí, seguro que lo hubiera protegido, pero no soy Auri”. Él me habla con una voz dulce amorosa y preocupado por mí, expresa -No te inquietes Nati, todo está bien- afirma mi abuelo Izaac -Llegaremos a casa muy pronto mi querida Nati-. Pasa mucho tiempo, antes de, conseguir un auto para llevarnos a nuestra vivienda, en todo el trayecto, él comienza a toser, mientras   sostiene mi mano…
Cuando   ingresamos   a nuestro hogar se oye la voz intensa de mi abuelo Izaac, con un   grito -¡Aura ven, no me ves que estoy mojado, trae una toalla o un manta para cubrirme, muévete, eres demasiado   lenta, entendiste¡-  insiste Izaac mi abuelo.  Auri como un viento trae una manta y lo cubre, ella por supuesto se moja y mi abuelo, ni siquiera le pregunta ni saluda, ni nada. Mientras sube las gradas refunfuñando, sosteniéndose de Auri le dice -  perdí los lentes-, en ese instante, sostengo sus lentes con mis manos que están en mi bolsillo. Me retiro tranquila de la sala. Pero Los gritos no cesan, mi abuelo con su voz irritante   exige- ¡café bien cargado, ropa limpia y bien planchada, una frazada más!- y para rematar esta estupidez le exige que le lea las noticias del diario, que no alcanzó a terminar   por la salida de la tarde. Y en cada falla de Auri mientras lee, se exalta, grita y   da de   golpes en el   velador; por la demora, por sus tropiezos, o por lo que sea.  Reflexiono,” Si en ese café estuviera un    tranquilizante, se   dormiría y nos dejaría en paz de   tantos gritos.  O si mi abuelo se va donde siempre lo atienden tan bien, que viene   rebosante de felicidad”. 
Al día siguiente llega el médico para examinarle, le receta una medicina y le dice a mi abuela   Auri  que  lo  cuide  porque  está  con  una   bronquitis.  Ella acepta todas órdenes, para cumplirlas al pie de la letra. Los  gritos continúan,  las  exigencias  y  cada vez  se  pone  más   abusivo hasta  el punto  que  le exige que le ponga las  sandalias, que  le  afeite  para  estar  bien  presentado. Ella continúa   cuidándolo cual enfermera, y   el anciano molesto, no  se  reconcilia  con  su corazón e insiste  ofendiendo  a  mi amada Auri; no le agradece, ni  le respeta, y   mi  corazón  vuelve a  estar  solo.
  A hurtadillas ingreso en el cuarto, pero él no se despierta tomo parte de las medicinas y las boto en la basura. Por la tarde llega otra vez el médico, le ponen suero con antibióticos y le vuelven a dar más medicinas porque la temperatura continúa subiendo. Ese día, mientras el crepúsculo   se apropia de las estrellas, que nerviosas ofrecen su luz. La soledad de la casa resurge con la voz suave y delicadamente matizada de mi abuela.  -Natí ven niña, él pronuncia sólo tú nombre- dijo en voz baja Aurí, -¡apresúrate!-  Llegó a la habitación, y mientras ingreso, le miro a mi abuelo sonriendo -Nati tengo algo para ti-  afirmó -este collar es tuyo, mi amada niña-. Era  mi nombre gravado en unos pétalos  de orquídea, que  brillaba  mientras  él  coloca  en mi  cuello,  lo  observo, que  parecían  hablar  todo el  amor  que  tenía  por  mí. Le agradezco, le deseo una   pronta mejoría   y me retiro de la   habitación. Los días pasan de   igual manera, y por supuesto con la atención de Auri   mi abuelo se recupera.  Pero éste   episodio cambiaría la vida de alguien...  Un día cualquiera que prefiero recordar, observo a mi abuela haciendo unas maletas, - ¿A dónde vas Auri? - le pregunto sorprendida.  -La soledad es buena, pero cuando hay heridas que dejan huella, quedarse no vale la pena- ella replica - ¿por cierto, te vas conmigo? -Claro que sí- abrazo a mí querida abuela Auri y salimos de casa…

sábado, 13 de enero de 2018

El juego

Esperábamos con inquietud la llegada de las primeras sombras de la noche, para nuestra habitual reunión, a la hora acordada en el patio de la antigua casa de madera, con sus cubiertas que sobresalían, aquellas tejas de arcilla roja refulgente.

Llegado el momento tan esperado, comenzaban a llegar uno a uno los amigos; los apretones de manos, las sonrisas, un ambiente peculiar de júbilo, el preámbulo perfecto para la diversión. De pronto, todo se transformaba en un silencio sepulcral, formábamos una hilera, en forma parsimoniosa, de vez en cuando un empujón, uno tras de otro sin ningún orden en especial, no me separaba del grupo que permanecía amistosamente unido.  Esperando ansiosos el momento de   salir a hurtadillas, por la pequeña   puerta de madera, que a pesar de los años aún conservaba las líneas obscuras en los tablones de laurel.  Mientras la abrimos muy despacio para que no rechinen sus oxidadas bisagras y nos puedan descubrir, donde terminaría nuestra gran aventura. Nos encontramos en la cima de la montaña de arena, llamada también la playita donde todos teníamos los bolsillos de los pantalones, llenos de canicas, entre ellas las famosas billusas. Unos tras de otros, en una procesión, para luego estar cantando a la luna mientras ella sonreía suavemente soltando, una brisa ligera  que mueve nuestra ropa y despeina nuestro cabello, también las orejas están frías como témpanos de hielo.



Mientras avanzamos por el arenal nos dividimos en dos grupos: los campeones y el otro grupo de los leones. El primero es encargado de construir, los caminos, el otro; los puentes y los hoyos uno más profundo que el otro, hasta el final de la montaña donde es la llegada de los campeones.  La noche avanza, todos, a una sola voz, entonamos la canción de la hermandad, que se oye como una serenata a la luna. Cuando alguien grita, es César, pero le decimos el lobo, y de vez en cuando aúlla para hacernos temblar miedo, a veces sí que lo consigue, lo misterioso es parte de la diversión -Todos al punto de partida- grita el lobo, subimos corriendo a la cima de la montaña de arena, cada cual con cuatro canicas para la primera competencia. Soltamos una a una con sus colores brillantes, que parecen ruletas, girando sin parar hasta llegar a los puentes, algunas se quedan rezagadas o simplemente   se esconden de las otras. Las más rápidas llegan a meta. El dueño de la canica ganadora se lleva el único trofeo: la canica gigante, es la más esperada, por todos los que competimos, es la justa ganancia. Esto se realiza una tras otra vez, mientras la noche avanza. Cansados de tantos juegos, gritos y cánticos, cada uno recoge sus canicas, las guardamos en los bolsillos que están llenos, saltamos los puentes de tierra para no dañarlos y avanzamos en silencio a la casa antigua, a través de la puerta pequeña, que cruje mientras la abro muy despacio, y sigilosamente avanzamos en fila india, a la habitación para dormir y seguir soñando que mañana por la noche seré el próxima ganadora de la competencia.  

sábado, 9 de diciembre de 2017

El salto

El salto…
                La trivial llovizna persistente, refresca mi rostro, con sus minúsculas gotas frías, que acompaña a mis lentos pasos sonoros, cual tambores, que se deslizan en el piso de tierra, mientras crujen los ramajes secos, y mis pies descalzos avanzan al estrecho camino, que arrastra al viejo puente de metal.  El viento chifla insistentemente, en el silencio del alba, mientras se mueven los boscajes con sus hojas secas, crujientes, de los frondosos árboles de pino, entreverado con las hojarascas de los últimos árboles de roble.  Me seducen, para respirar profundamente, con su atrayente perfume.  Mi cuerpo se estira, cuando alzo mis brazos al cielo y mis manos se abren cual abanicos, para luego detenerme, y observar el esplendor del amanecer, con sus tonos cálidos, que pareciesen abrazar a mi entumecido cuerpo, que contrasta, con un cielo azul refulgente, con nubosidades esporádicas.

Mientras ingreso al vetusto puente, el frío   invade cada poro de mi piel, que se estremece hasta el punto de titiritar. Cuando la brisa sopla insistentemente, eleva pequeñas enramadas, alrededor de mis pies, que se encogen para protegerse, mientras prosigue el silbido inquietante del aire, mis piernas se mueven cual veletas, para luego quedar paralizadas por el miedo, que me sobrecoge la soledad de este ambiente. Mis manos se juntan, apretándose una y otra vez buscando calmarme.  Mientras tanto, prosigo mi lento caminar, hacia la mitad del arcaico puente.  De pronto, una sombra pasa velozmente junto a mí, que siento su respiración agitada… Sus pasos apresurados suenan, cual cristales rotos. La incredulidad se abraza de mi piel, regreso a   mirar, buscando alguien, mientras el viento persiste vacilante a su paso, que golpea al longevo amasijo de, madera y metal.
Sin causa alguna siento un empujón en la espalda, mi cuerpo, se desliza bruscamente al piso, mis manos llevan la peor parte, están laceradas por el impacto de las piedrecillas,   esparcidas en los apolillados tableros de madera. Mientras me incorporo percibo con intensidad la corriente helada, que parece congelar mis manos que las agito enérgicamente, estirando mis dedos que suenan, pero el dolor no parece perturbarme. El albor que irradia un brillo sutilmente intenso, contrasta con la sombra que desaparece al final del puente. Mi percepción se aleja de todo pensamiento, hasta sentirme conmovido, observando la inmensidad del nuevo día.


 Mi oído se agudiza, con el crujir de los oxidados metales del veterano puente, que parecen desprenderse de su sitio, con el movimiento oscilante que remueve hasta los mismos cimientos, mi cuerpo se sacude contra la baranda.  En ese mismo instante, la brisa reaparece con un silbido ensordecedor. Mi ropaje se mueve cuales olas enloquecidas, el frío persiste en hacer reaccionar a mi piel que se inquieta, cuando aprieto por instantes el metal enmohecido de aquella baranda. De pronto, el   sonido inconfundible del tren que se acerca, hace que involuntariamente regrese a mirar, observando el humo del tren.  Me preparo para saltar, inclinando mi cuerpo, doblo levemente mis rodillas, mi pie se adelanta al vacío total, los latidos de mi corazón se aceleran cada vez más, hasta el punto de sentir un nudo en mi garganta, mientras mis lágrimas caen sin cesar. Me elevo, me aventuro, soy dueño; del tiempo, del espacio. Mi cabello golpea mi rostro, mientras voy cayendo en picada, me encomiendo al ser Supremo la ayuda divina para mi salto… El impacto que soporta   mi cuerpo, al golpearse con el metal  del vagón en marcha, que parece hundirse  por  instantes, mientras mis manos intentan desesperadamente agarrase del techo, pero el movimiento incesante del tren avanza a la curva ,mi cuerpo se eleva y vuelve a caer con fuerza, cual hoja seca , que gira violentamente  una y otra vez , hasta caer al piso, mí ser solo escucha a mi corazón  estallar en  latidos, mi cabeza se golpea  con un objeto, el dolor se  confunde con el crujir, de mis huesos rompiéndose,  es tan  intenso  acompañado de gritos ,que se van apagando  poco a poco, el terror de apodera de mí, los latidos cesan y vuelven a dilatarse con la misma intensidad del dolor, me desvanezco y siento una paz total. De pronto, esa sensación de ahogo, la desesperación, mi corazón intenta, no aprisionar mi pecho pero el sudor   humedece mi cuerpo, hasta el punto, de   abrir mis ojos aterrorizada por esta pesadilla.

martes, 31 de octubre de 2017

El Colibrí enamorado.

El silencio del amanecer es interrumpido por el zumbido de un colibrí, de color azul brillante que revoleaba junto al jardín de cucardas; rosas; claveles y orquídeas. Él se posó en el árbol de Arupo para observar las hermosas flores.   Lo que llamó la atención era una orquídea que estaba acurrucada pálida; blanca y casi transparente.  Él se acercó y al mirarla le preguntó -Eres la única flor que he visto de éste color, blanca como de algodón.   Ella respondió con voz tenue -Necesito el color de otra flor para vivir- y palideció -También añoro mi árbol frondoso de cacao y el calor de mi selva-. Ella se acurrucó nuevamente… Pero las flores del jardín murmuraban -La orquídea está enferma de amor…-

                El colibrí enamorado permaneció en silencio, y no quiso delatar su amor, se encumbró en el cielo veloz como un rayo. Así llego donde la alegre cucarda –Me puedes dar el color de tu flor- él le pregunto -porque la orquídea está enferma-. Ella así lo hizo, el colibrí cogió el líquido en su pico, voló donde estaba la orquídea, dejo caer gota agota del color de la cucarda, mojó con el líquido rosado resplandeciente. Pero ella permanecía aún pálida enrollada en el jardín.

                El colibrí voló nuevamente donde vivían los geranios. Él les preguntó -¿Si podían darle el color de su flor?-Porque la orquídea está enferma.  Así lo hicieron cogió el líquido en el pico y regresó donde estaba la orquídea.  Dejó caer gota a gota, hasta empaparla, con el color de los geranios.  Pero ella permaneció inmóvil, pálida, encogida en el jardín.

El colibrí voló nuevamente, donde se encontraban las flores.  Pidió ayuda para la orquídea que está enferma; a la hermosa rosa, al humilde clavel y a la delicada petunia. Pero la orquídea permaneció inmóvil, triste y cada vez más debilitada.

                El colibrí voló por última vez hacia la cima de la montaña, donde el viento es, frío como un tempano de hielo.  Llegó al jardín de la esquiva chuquiragua, él apenas pudo descender, porque sus alas estaban casi congeladas por la escarcha y titiritando susurró – He venido de tan lejos, para pedirte el color de tu flor, porque la orquídea está enferma-.

Pero ella contestó -¡No, no lo haré, mi color es de oro, y será para mi eterno amor, ¡No!  Peor para la vanidosa orquídea- y cerró sus pétalos.

                El colibrí se puso triste y decidió volver. Mientras volaba muy bajo se lastimó al enredarse entre las zarzas y así herido llegó donde estaba la orquídea, descendió suavemente junto a ella, dejando caer unas gotas de su sangre.  Entonces la orquídea se tornó de color rojo brillante, una belleza inusual. Pero a ella no le importó, que a su lado yacía el colibrí, desfalleciendo… La orquídea llamó con voz fuerte a todas las flores del jardín para que aprecien su extraña belleza.  Pero nadie se le acercó…

Las flores del jardín llamaron a una sola voz, al guardián del cielo. El halcón se divisó en el firmamento y descendió cerca del débil colibrí, lo cogió, lo trasportó donde se encontraba la esquiva chuquiragua, para que ella gota a gota, salve su herido corazón.  Ella así lo hizo

El colibrí se recuperó, su noble corazón al fin, encontró a su verdadero amor junto a la esquiva chuquiragua.

viernes, 20 de octubre de 2017

El león

El león ingresó por la puerta entreabierta de la Biblioteca. Se vio aparecer   su imponente figura.  Si  digo  león es  solo  para    aproximarme a la  descripción  a   esa  criatura que  turbó la  paz de  la antigua  biblioteca.

El  león  sin  expresar miedo  alguno  rugió,  un  sonido  aterrador, para  sí  dijo:  “Avanzaré  hacia  la alfombra  que se divisa  en  el  piso”.  Era  una  piel  de  león  blanca  como  algodón,  y  se  movía  suavemente  con   la  brisa  que  ingresaba    por  la  ventana  abierta  de  la  biblioteca, pero  su  mirada  se  dirigió  también  a  la  pared, en  la  cual  colgaba  un  gran  letrero que  decía “Salvemos  al  León  está  en  peligro  de  extinción” con una  fotografía de un león  sentado en un madero junto a su domador… Mientras  el  león  avanzaba     tropezó  con   un  escritorio  que  interrumpía  el  paso,  en él se  encontraba  un libro  abierto. El león  se  detuvo y mirando  las  fotografías  de  sí   mismo,  rugió fuerte una  vez  más,  como  aceptando    el  título  digno   del  rey  de  la  selva.  Regresó su mirada  hacía  la  alfombra   que  imponente  yacía  en   el  piso,  para  sí  dijo:

“Qué  suerte tengo  yo,  todos   me  ayudan  a  sobrevivir, y  no  terminan  como  éste, de  alfombra,  tapete  o  adornando  alguna  casa o biblioteca”. Replicó el león: “No puede  haber  suerte  más  ingrata  que  ésta,  la  de  mi    especie ,   o  ¿Tal vez  terminó  así  por  un  ambicioso   humano?”.  Mientras  meditaba  se  recostó por  instantes en la alfombra    y  mirando  su  rostro para    dijo: “Sus  ojos  me  producen  miedo,  me  asustan,  me intimidan,  su  poder me  estremece,   él   es  el  rey  de  la  selva  como  yo,   que  corría  libre  por  la  sabana, no  tuvo  cercas,  ni  cadenas  que  lastimen  su  melena.”  El silencio fue interrumpido  por el  crujir de las    hojarascas  que se   arremolinaron junto a  la  piel  del  león   y  aquella sombra que se  dejaba levemente  observar,  esto  puso  en  máxima alerta  todos  los  sentidos del león, y sus garras listas  cual  dagas  afiladas, para rasgarlo todo.  Su  majestuosa  imagen  se  incorporó,  desconcertado  buscaba  a  quien   arremeter, de pronto  sin  siquiera  darse  cuenta, el  aguijón  adormecedor  de  la tarántula estaba   incrustado en  su  piel, el  dolor  era  insoportable con  cada  segundo  que  pasaba.   Mientras  la  substancia  hacía  el  efecto  deseado,  el  león  se  desplomó,  se  desvanecía y  sus  ojos  entre  abiertos  miró  al  hombre  que  se  acercaba  cada  vez  más,  y  mirándole  dijo: “¿Quién  eres?. El  humano  que  endiosé un  día,  eres  sabio  y  vanidoso, eres  secreto  y  poderoso,   eres  aquel  que  me  cuidaba, que me alimentaba  de  su  mano,      eres el  carcelero, aquel  que  aprecia  el  buen  vino, y  siempre  tubo  tino  con  el  látigo  y  el madero, aquel  que  no  tiene piedad  ni  de  mi  alma ni de mi cuerpo, y  aunque  me  mira  que  estoy  en  agonía, no  quiere  mi libertad…”

                Despertó el  león en  la  jaula, y  para  sí  dijo: “Esta  jaula  es demasiado  pequeña,  apenas  puedo  moverme, y  golpeándome  en  los  barrotes,  con  mis  garras aun  templando  por  los  efectos  del somnífero, e  intento   colocarlas   en  el  hierro, mi  mente  y  mi  cuerpo  cayó   en  la  incredulidad y  en   el dolor…  ¡NO, NO! ¡NO tengo mis garras!  Me  mutilaron  Y    mi   cuello  tiene  la correa  atada  a las  cadenas que   lastiman, que    aprietan,  que  apenas  puedo  respirar.  Sentí   desde  mis  entrañas  el  fuego  que  corría  todo  mi  cuerpo  hasta  el  punto  de  explotar,  comencé   a  rugir    cada  vez  más  fuerte , y a  golpearme una  y  otra  vez  en los  barrotes , hasta  sangrar.  Hoy  van  a  saber  quién  es   el  rey de  la  selva, el animal  salvaje,   el  asesino   aquel que  tiene  corazón, resentimiento, alma, amor, odio, sentimientos  que  los  humanos  saben  despertar  en  los  animales que  aún  heridos  de  muerte  les  dan lecciones  de  valentía,  de  vida…” De  pronto  vi  a  mi  carcelero, con  el  látigo  y  el madero,  mientras  me  golpeaba,  gritaba -¡basta!... y  el  sonido  del látigo  ensordecía  mis  oídos hasta  el  punto de  escuchar  sólo los  latidos  de  mi  corazón. “Los   golpes, las  heridas  no me  doblegan …” En  aquel  instante  su  mirada  de  odio  se  clavó  en  mis ojos, respondiéndole así: “Tú  eres  el  rey  del  cemento, el  dueño y  señor de  tú  trono.  Si   yo   destrozo   y devoro a mi presa lo hago   por necesidad. Tú  me  tienes  cautivo  en  ésta jaula, me  obligas  de  madero  en  madero  a  saltar, con  el  látigo, me  humillas,  me  lastimas, me  haces  sangrar, ¡tú  lo  haces  por  vanidad!.”


“Yo  soy  el  rey  de  la  selva,  corro  libre  por  la  sabana que  domino,  soy  audaz,  soy  valiente,  por  mis  garras  soy  temido, y nunca  nadie  se  ha  atrevido, a  ingresar  en mis dominios.  Pero  si  mato  al  intruso  me   dicen: -Que  soy  un  animal  salvaje  un  asesino-  y  aunque  sé  que  mi  destino  será  la  bala  en  mi  melena,  nadie  tendrá  pena de  mi  fatal   destino. Prefiero   terminar  así  con  mi  vida,  ser el  tapete  o  alfombra en  la  entrada  de  un  portal,  o  lo  que  sea,  que  vivir   encarcelado, haciendo  piruetas,  saltando  de  madero  en madero,  y  aunque  estoy  condenado  a  muerte  soy  digno  de  mejor  suerte.”




viernes, 6 de octubre de 2017

El gorrión sobreviviente

Me  contaron  que  el  gorrión  ya  no  quiso  cantar,    sentado en  la  rama del  árbol  de  Jacarandá,  no  quiso  y  no  quiso, de  pronto  se puso  a  llorar,  son  lágrimas  de  luto, por su  amada  que no está. Todos   las  aves  se  acercaron  para  decirle  que no  llore más,  su  mirada estaba  triste  y  no  pudo  contestar.

Dicen   que   paso   mucho   tiempo llorando   aquí  y allá...  Todos   le   llevaron  presentes   para     su    corazón   calmar,    un día   ya  no lo vieron, pensaron  que  su  amor  lo  llevo  al  más  allá. Pasó  mucho  tiempo  sin  oír  en el   valle su  trinar, sus  amigos  estaban  tristes,  no  lo pueden  olvidar,  su  canto cautiva  el  alma, su  trino nos  hace soñar,  en  el  sublime  sentimiento, que  los  latidos  sean  más  fuertes y  veloces    como  el viento y tranquilos  como  el  mar.

Atrasadas   las   últimas   gotitas   del   invierno,   se quedaron    a   jugar  con las  espadas del  sol, muy  calientes  van  a  estar, transformándose  en    arco  iris, pintaba  con  su  paleta de  colores,  una  banda  señorial,  también   los  capullos    de   las  rosas  pronto   van  a despertar.
El  silencio  fue  interrumpido  por un  canto  angelical, era  el  gorrión,  que  inmóvil  cantada  en  el  árbol  del  Jacaranda,   de  pronto dijo  -“La  herida  que en  el  corazón  tengo, no  se  va  a  borrar,  su  huella    me   dice ¡que  soy  un  sobreviviente  más!”  Y  canto y  canto   a  su  amada  con    una  voz  angelical.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Mm Pobre Gato.

Mm Pobre Gato.
El gato mientras dormía la siesta,
Se acordó de aquella fiesta,
Mientras rápido se acicalaba,
Pensó… en los regalos y las flores,
Y la cita con la hermosa gata,
Que siempre usa los collares,
Que hacen juego con su bata,
-Hoy es el día -dijo,
-Si llego tarde a la cita, seguro la Panchita
Ese rato me ahorca o me mata.-
Mm pobre gato,
El peinado, las botas, las uñas bien afiladas,
De tanto que presumía,
De su vanidad no se movía,
Pasaba y pasaba el tiempo,
Y por supuesto se olvidó de la cita
Mm pobre gato.
Pero en la casa de la gata Panchita,
Sentada en la silla estaba,
Mirando por la ventana y también por la mirilla,
Al fin, decidió ir al cumpleaños de Carlitos.
Tan guapa como ella sola,
Sus collares que sonaban,
Y su cuerpo que se movía y se movía,
A todos los invitados boca abierta los tenía,
-¡Qué belleza de gata! –,
A todos estremecía.
El gato Carlitos le dio la bienvenida,
 A tan especial invitada,
Y mirándola fascinado, le decía,
-Eres hermosa y bien acicalada.
Mm pobre gato.
Pero en la casa del gato Jubino,
A la cita por supuesto que no vino,
Avergonzado asistió a la fiesta de Carlitos
Mm pobre gato.
Panchita por su lado, ni lo miro de reojo,
Bailaba feliz con el gato Carlitos,
Que la miraba embelesado,
Y no movía ni un ojo.
La música al fin ha callado,
Carlitos se decidió, hablo por el micrófono,
-¿Quieres ser mi novia? –
Panchita parpadeaba sin cesar,
Orgullosa se movía,
Cuando Carlitos, alababa,
Su cuerpo escultural,
A nadie se parecía, ésta belleza mortal.
Mm pobre gato.
Jubino se quedó solo,
Por olvidón y despistado,
Por vanidoso y orgulloso,
Triste y guapo se ha quedado,
Mm pobre gato.
Y de la tristeza, lo ha llevado,
A cazar ratones, con sus amigos los mirones,
Que consolaban a Jubino,
Que no vale la pena, su dolor,
-Que nadie muere hoy, por amor…,
Panchita es fea y chiquita-,
-¡Hoy amigo, es nuestra fiesta,
Diversión de principio al fin,
Con amigos y ratones todo un festín,
Mejor que aquella gata!-.
Pero en silencio murmuraban,
Mm pobre gato... Que tonto es,
Panchita es una diosa, como una rosa
Baila y es muy mimosa,
Mm pobre gato.
El despecho a Jubino, lo ha llevado
A maullar por las noches, cerca del bulevar,
Enojado y triste anda,
Por sus olvido y vanidad,
Panchita su amor de siempre,
Le envía cartas y bombones,
Flores con lazos de rosetones
Para su amor recuperar,
Con guitarras y serenatas,
Desea una nueva oportunidad,
Frente a su ventana le canta,
-Es verdad Panchita, a la cita no asistí,
Tú eres mi eterno amor, todo para mí-…


Escritora: María Elena Zúñiga 2017.