sábado, 9 de diciembre de 2017

El salto

El salto…
                La trivial llovizna persistente, refresca mi rostro, con sus minúsculas gotas frías, que acompaña a mis lentos pasos sonoros, cual tambores, que se deslizan en el piso de tierra, mientras crujen los ramajes secos, y mis pies descalzos avanzan al estrecho camino, que arrastra al viejo puente de metal.  El viento chifla insistentemente, en el silencio del alba, mientras se mueven los boscajes con sus hojas secas, crujientes, de los frondosos árboles de pino, entreverado con las hojarascas de los últimos árboles de roble.  Me seducen, para respirar profundamente, con su atrayente perfume.  Mi cuerpo se estira, cuando alzo mis brazos al cielo y mis manos se abren cual abanicos, para luego detenerme, y observar el esplendor del amanecer, con sus tonos cálidos, que pareciesen abrazar a mi entumecido cuerpo, que contrasta, con un cielo azul refulgente, con nubosidades esporádicas.

Mientras ingreso al vetusto puente, el frío   invade cada poro de mi piel, que se estremece hasta el punto de titiritar. Cuando la brisa sopla insistentemente, eleva pequeñas enramadas, alrededor de mis pies, que se encogen para protegerse, mientras prosigue el silbido inquietante del aire, mis piernas se mueven cual veletas, para luego quedar paralizadas por el miedo, que me sobrecoge la soledad de este ambiente. Mis manos se juntan, apretándose una y otra vez buscando calmarme.  Mientras tanto, prosigo mi lento caminar, hacia la mitad del arcaico puente.  De pronto, una sombra pasa velozmente junto a mí, que siento su respiración agitada… Sus pasos apresurados suenan, cual cristales rotos. La incredulidad se abraza de mi piel, regreso a   mirar, buscando alguien, mientras el viento persiste vacilante a su paso, que golpea al longevo amasijo de, madera y metal.
Sin causa alguna siento un empujón en la espalda, mi cuerpo, se desliza bruscamente al piso, mis manos llevan la peor parte, están laceradas por el impacto de las piedrecillas,   esparcidas en los apolillados tableros de madera. Mientras me incorporo percibo con intensidad la corriente helada, que parece congelar mis manos que las agito enérgicamente, estirando mis dedos que suenan, pero el dolor no parece perturbarme. El albor que irradia un brillo sutilmente intenso, contrasta con la sombra que desaparece al final del puente. Mi percepción se aleja de todo pensamiento, hasta sentirme conmovido, observando la inmensidad del nuevo día.


 Mi oído se agudiza, con el crujir de los oxidados metales del veterano puente, que parecen desprenderse de su sitio, con el movimiento oscilante que remueve hasta los mismos cimientos, mi cuerpo se sacude contra la baranda.  En ese mismo instante, la brisa reaparece con un silbido ensordecedor. Mi ropaje se mueve cuales olas enloquecidas, el frío persiste en hacer reaccionar a mi piel que se inquieta, cuando aprieto por instantes el metal enmohecido de aquella baranda. De pronto, el   sonido inconfundible del tren que se acerca, hace que involuntariamente regrese a mirar, observando el humo del tren.  Me preparo para saltar, inclinando mi cuerpo, doblo levemente mis rodillas, mi pie se adelanta al vacío total, los latidos de mi corazón se aceleran cada vez más, hasta el punto de sentir un nudo en mi garganta, mientras mis lágrimas caen sin cesar. Me elevo, me aventuro, soy dueño; del tiempo, del espacio. Mi cabello golpea mi rostro, mientras voy cayendo en picada, me encomiendo al ser Supremo la ayuda divina para mi salto… El impacto que soporta   mi cuerpo, al golpearse con el metal  del vagón en marcha, que parece hundirse  por  instantes, mientras mis manos intentan desesperadamente agarrase del techo, pero el movimiento incesante del tren avanza a la curva ,mi cuerpo se eleva y vuelve a caer con fuerza, cual hoja seca , que gira violentamente  una y otra vez , hasta caer al piso, mí ser solo escucha a mi corazón  estallar en  latidos, mi cabeza se golpea  con un objeto, el dolor se  confunde con el crujir, de mis huesos rompiéndose,  es tan  intenso  acompañado de gritos ,que se van apagando  poco a poco, el terror de apodera de mí, los latidos cesan y vuelven a dilatarse con la misma intensidad del dolor, me desvanezco y siento una paz total. De pronto, esa sensación de ahogo, la desesperación, mi corazón intenta, no aprisionar mi pecho pero el sudor   humedece mi cuerpo, hasta el punto, de   abrir mis ojos aterrorizada por esta pesadilla.

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