El salto…
La trivial llovizna persistente,
refresca mi rostro, con sus minúsculas gotas frías, que acompaña a mis lentos
pasos sonoros, cual tambores, que se deslizan en el piso de tierra, mientras crujen
los ramajes secos, y mis pies descalzos avanzan al estrecho camino, que arrastra
al viejo puente de metal. El viento
chifla insistentemente, en el silencio del alba, mientras se mueven los
boscajes con sus hojas secas, crujientes, de los frondosos árboles de pino, entreverado
con las hojarascas de los últimos árboles de roble. Me seducen, para respirar profundamente, con
su atrayente perfume. Mi cuerpo se estira,
cuando alzo mis brazos al cielo y mis manos se abren cual abanicos, para luego
detenerme, y observar el esplendor del amanecer, con sus tonos cálidos, que pareciesen
abrazar a mi entumecido cuerpo, que contrasta, con un cielo azul refulgente,
con nubosidades esporádicas.
Mientras ingreso al vetusto puente,
el frío invade cada poro de mi piel,
que se estremece hasta el punto de titiritar. Cuando la brisa sopla
insistentemente, eleva pequeñas enramadas, alrededor de mis pies, que se
encogen para protegerse, mientras prosigue el silbido inquietante del aire, mis
piernas se mueven cual veletas, para luego quedar paralizadas por el miedo, que
me sobrecoge la soledad de este ambiente. Mis manos se juntan, apretándose una
y otra vez buscando calmarme. Mientras tanto,
prosigo mi lento caminar, hacia la mitad del arcaico puente. De pronto, una sombra pasa velozmente junto a
mí, que siento su respiración agitada… Sus pasos apresurados suenan, cual cristales
rotos. La incredulidad se abraza de mi piel, regreso a mirar, buscando alguien, mientras el viento
persiste vacilante a su paso, que golpea al longevo amasijo de, madera y metal.
Sin causa alguna siento un empujón
en la espalda, mi cuerpo, se desliza bruscamente al piso, mis manos llevan la
peor parte, están laceradas por el impacto de las piedrecillas, esparcidas en los apolillados tableros de
madera. Mientras me incorporo percibo con intensidad la corriente helada, que
parece congelar mis manos que las agito enérgicamente, estirando mis dedos que
suenan, pero el dolor no parece perturbarme. El albor que irradia un brillo
sutilmente intenso, contrasta con la sombra que desaparece al final del puente.
Mi percepción se aleja de todo pensamiento, hasta sentirme conmovido,
observando la inmensidad del nuevo día.
Mi oído se agudiza, con el crujir de los
oxidados metales del veterano puente, que parecen desprenderse de su sitio, con
el movimiento oscilante que remueve hasta los mismos cimientos, mi cuerpo se sacude
contra la baranda. En ese mismo
instante, la brisa reaparece con un silbido ensordecedor. Mi ropaje se mueve cuales
olas enloquecidas, el frío persiste en hacer reaccionar a mi piel que se inquieta,
cuando aprieto por instantes el metal enmohecido de aquella baranda. De pronto,
el sonido inconfundible del tren que se
acerca, hace que involuntariamente regrese a mirar, observando el humo del tren. Me preparo para saltar, inclinando mi cuerpo,
doblo levemente mis rodillas, mi pie se adelanta al vacío total, los latidos de
mi corazón se aceleran cada vez más, hasta el punto de sentir un nudo en mi garganta,
mientras mis lágrimas caen sin cesar. Me elevo, me aventuro, soy dueño; del
tiempo, del espacio. Mi cabello golpea mi rostro, mientras voy cayendo en
picada, me encomiendo al ser Supremo la ayuda divina para mi salto… El impacto
que soporta mi cuerpo, al golpearse con el metal del vagón en marcha, que parece hundirse por
instantes, mientras mis manos intentan desesperadamente agarrase del
techo, pero el movimiento incesante del tren avanza a la curva ,mi cuerpo se
eleva y vuelve a caer con fuerza, cual hoja seca , que gira violentamente una y otra vez , hasta caer al piso, mí ser
solo escucha a mi corazón estallar en latidos, mi cabeza se golpea con un objeto, el dolor se confunde con el crujir, de mis huesos
rompiéndose, es tan intenso
acompañado de gritos ,que se van apagando poco a poco, el terror de apodera de mí, los
latidos cesan y vuelven a dilatarse con la misma intensidad del dolor, me
desvanezco y siento una paz total. De pronto, esa sensación de ahogo, la desesperación,
mi corazón intenta, no aprisionar mi pecho pero el sudor humedece mi cuerpo, hasta el punto, de abrir mis ojos aterrorizada por esta pesadilla.
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