sábado, 13 de enero de 2018

El juego

Esperábamos con inquietud la llegada de las primeras sombras de la noche, para nuestra habitual reunión, a la hora acordada en el patio de la antigua casa de madera, con sus cubiertas que sobresalían, aquellas tejas de arcilla roja refulgente.

Llegado el momento tan esperado, comenzaban a llegar uno a uno los amigos; los apretones de manos, las sonrisas, un ambiente peculiar de júbilo, el preámbulo perfecto para la diversión. De pronto, todo se transformaba en un silencio sepulcral, formábamos una hilera, en forma parsimoniosa, de vez en cuando un empujón, uno tras de otro sin ningún orden en especial, no me separaba del grupo que permanecía amistosamente unido.  Esperando ansiosos el momento de   salir a hurtadillas, por la pequeña   puerta de madera, que a pesar de los años aún conservaba las líneas obscuras en los tablones de laurel.  Mientras la abrimos muy despacio para que no rechinen sus oxidadas bisagras y nos puedan descubrir, donde terminaría nuestra gran aventura. Nos encontramos en la cima de la montaña de arena, llamada también la playita donde todos teníamos los bolsillos de los pantalones, llenos de canicas, entre ellas las famosas billusas. Unos tras de otros, en una procesión, para luego estar cantando a la luna mientras ella sonreía suavemente soltando, una brisa ligera  que mueve nuestra ropa y despeina nuestro cabello, también las orejas están frías como témpanos de hielo.



Mientras avanzamos por el arenal nos dividimos en dos grupos: los campeones y el otro grupo de los leones. El primero es encargado de construir, los caminos, el otro; los puentes y los hoyos uno más profundo que el otro, hasta el final de la montaña donde es la llegada de los campeones.  La noche avanza, todos, a una sola voz, entonamos la canción de la hermandad, que se oye como una serenata a la luna. Cuando alguien grita, es César, pero le decimos el lobo, y de vez en cuando aúlla para hacernos temblar miedo, a veces sí que lo consigue, lo misterioso es parte de la diversión -Todos al punto de partida- grita el lobo, subimos corriendo a la cima de la montaña de arena, cada cual con cuatro canicas para la primera competencia. Soltamos una a una con sus colores brillantes, que parecen ruletas, girando sin parar hasta llegar a los puentes, algunas se quedan rezagadas o simplemente   se esconden de las otras. Las más rápidas llegan a meta. El dueño de la canica ganadora se lleva el único trofeo: la canica gigante, es la más esperada, por todos los que competimos, es la justa ganancia. Esto se realiza una tras otra vez, mientras la noche avanza. Cansados de tantos juegos, gritos y cánticos, cada uno recoge sus canicas, las guardamos en los bolsillos que están llenos, saltamos los puentes de tierra para no dañarlos y avanzamos en silencio a la casa antigua, a través de la puerta pequeña, que cruje mientras la abro muy despacio, y sigilosamente avanzamos en fila india, a la habitación para dormir y seguir soñando que mañana por la noche seré el próxima ganadora de la competencia.  

1 comentario:

  1. Fantástico,hermosa narrativa, ha logrado transportarme en el tiempo hasta la casa del antiguo barrio de la abuela cuando jugábamos con los primos hasta la media noche. Felicitaciones y continúe con su labor cultural.

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