La memoria no me
traiciona recuerdo a mi abuelo, llamado Izaac de buen talle, muy bien parecido,
elegante, con sombrero y bastón, tocando siempre en el piso de madera, aquel
sonido repetitivo del tac, tac, como si las duelas de eucalipto respondieran al
impacto del metal, siempre lo mire con su
corbata y camisa bien planchada, con su traje de casimir; negro o azul obscuro,
sus zapatos bien lustrados, para que todo combine perfecto, como él afirma, -todo
un gamonal- con aquellos lentes cafés,
pues él sufre de presbicia desde hace algunos años, con mucho cuidado los
guarda en el bolsillo del pecho de la leva junto a la solapa. Mientras Auri, mi
abuela le mira fijamente sin parpadear, y el brillo de sus ojos hermosos resplandecen
aún más, cuando él se mira en el espejo, con un leve gesto de aceptación. El silencio se apodera de Auri, esperando tal
vez un gesto de agradecimiento, una sonrisa fingida de Izaac… Espera en vano,
él ni siquiera regresa a verla, enseguida sale de casa, mirando insistentemente
el reloj de bolsillo, del chaleco de su traje negro impecable. Mientras tanto,
camino muy cerca de Auri, deslizo la cortina, mientras mi mirada atraviesa los
vidrios trasparentes, de aquella pequeña ventana con algunas divisiones, que se
entrecruzan simulando un tablero de ajedrez. Lo miro a mi abuelo hasta que desaparece
a lo lejos, hasta la casa de la esquina con su portón de piedra. Pienso -Seguro que vendrá feliz, con una que otra
mentira para convencer de su demora, y aunque no llegue a la misma hora, trae
siempre algo en su mano para mí...-
Auri es mi abuela,
ella es pequeña de estatura, una morena hermosa, con unos rasgos exóticos, sus ojos cafés miel brillantes, contrastan
con lo que reflejan: el desamor, la tristeza, y su dulzura, escondida a flor de
piel. Ella me inquieta para sentarme a
su lado, mientras remueve el café de la tarde, para volver a contar sus historias;
de almas, de fantasmas, todos los episodios de amor por mi Abuelo. Me siento a
sus pies y mientras acaricia suavemente mi cabello, comienza la tarde llena de
aventuras… Me quedo en silencio, mientras ella de vez en cuando da un sorbo a su
café, y vuelve a narrar; sus deseos, sus propias vivencias… Anochece y nadie
llega… El sueño hace presa de mi -me voy a dormir Auri -, le digo así a ella
con cariño, porque soy su nieta preferida.
A lo cual ella responde -mi nena, te doy muchos besos aquí en tú mano,
ciérralas para que no se escapen, y los abras antes de dormir-, replicó Auri,
mirándome sin parpadear como queriendo decirme algo más, se detiene y me dice -Nati,
en tu mano llevas las alas del amor- La abrazo.
Mientras me alejo, regreso a mirarla, ella se
queda inmóvil frente a la ventana esperándolo hasta no sé qué hora...
A la mañana siguiente,
recibo unos obsequios que dejó mi abuelo, en el velador, él tan caballero no se
olvida de nada, con una nota que decía -Lo siento, llegue tarde- un beso-.
Abro emocionada los regalos; son cajas de
dulces, chocolates con almendras, pero una de la ella son las preferidas de Auri,
entonces le adorno con un pompón rojo
brillante, y me dirijo donde está ella, para dárselo en ese instante –Auri mira
lo que te ha traído el Abuelo, afirmo -¿él te quiere mucho verdad?- Ella
responde -Sí mi niña- y vuelve a sonreír falsamente y me desmorono… - Si alguien tiene que despertar-
En una de
las acostumbradas salidas, mi Abuelo promete llevarme hoy por la tarde
de compras, sujeto mi libro de notas, y estoy haciendo mis propios planes… Llegada la hora acordada, salimos de casa,
regreso a mirar a mi amada Auri, le envío un beso volado, al cual me responde
con muchos más. La conversación está muy
entretenida con mi abuelo Izaac, mientras nos encontramos en el taxi, él
explica al chofer la dirección del local comercial. Llegamos a ingresar a la
Joyería, que deslumbra, e hipnotiza a cualquiera que los mira, por su estética y por lo que las joyas representan. Mi abuelo Izaac,
me habla con mucha ternura, -escoge lo que tú quieras, y sonríe-. Muevo la
cabeza aceptando su generosidad, de pronto, me atravieso delante de él que
termina en el piso, y sus lentes en
mis manos, comienza a buscarlos y nadie
le da razón. Sonrío… Decidimos regresar a casa, me sujeto de sus manos, para guiarle por las gradas,
tropezándose, de vez en cuando, alcanzamos hasta la avenida, pero en ese
instante comienza a llover copiosamente, suelto su mano y me refugio. Él se moja
y grita insistentemente mi nombre, me quedo
inmóvil, mientras lo observo, se desespera, y pienso “Si estuviera aquí Auri no lo dejaría, lo abrigara y ella terminaría empapada
y él ni siquiera unas gracias, pero no soy Auri”. Lo dejo allí por un tiempo, mientras se moja
sin cesar, mueve insistentemente sus manos, como intentando encontrarme,
no me da remordimiento, y pienso “puedo dejarlo
allí y las autoridades le llevaran a un refugio de desamparados… reacciono, para luego sostener su mano y llevarlo al ingreso de la joyería, para que se resguarde del frío
y la lluvia, reflexiono, “Auri no lo hubiese dejado allí, seguro
que lo hubiera protegido, pero no soy Auri”. Él me habla con una voz dulce
amorosa y preocupado por mí, expresa -No
te inquietes Nati, todo está bien- afirma mi abuelo Izaac -Llegaremos a casa muy
pronto mi querida Nati-. Pasa mucho tiempo, antes de, conseguir un auto para
llevarnos a nuestra vivienda, en todo el trayecto, él comienza a toser,
mientras sostiene mi mano…
Cuando ingresamos a nuestro hogar se oye la voz intensa de mi
abuelo Izaac, con un grito -¡Aura ven,
no me ves que estoy mojado, trae una toalla o un manta para cubrirme, muévete, eres
demasiado lenta, entendiste¡- insiste Izaac mi abuelo. Auri como un viento trae una manta y lo cubre,
ella por supuesto se moja y mi abuelo, ni siquiera le pregunta ni saluda, ni
nada. Mientras sube las gradas refunfuñando, sosteniéndose de Auri le dice
- perdí los lentes-, en ese instante, sostengo
sus lentes con mis manos que están en mi bolsillo. Me retiro tranquila de la
sala. Pero Los gritos no cesan, mi abuelo con su voz irritante exige- ¡café bien cargado, ropa limpia y
bien planchada, una frazada más!- y para rematar esta estupidez le exige que le
lea las noticias del diario, que no alcanzó a terminar por la salida de la tarde. Y en cada falla de
Auri mientras lee, se exalta, grita y da
de golpes en el velador; por la demora, por sus tropiezos, o
por lo que sea. Reflexiono,” Si en ese café estuviera un tranquilizante, se dormiría y nos dejaría en paz de tantos gritos. O si mi abuelo se va donde siempre lo
atienden tan bien, que viene rebosante
de felicidad”.
Al día siguiente
llega el médico para examinarle, le receta una medicina y le dice a mi
abuela Auri que
lo cuide porque
está con una
bronquitis. Ella acepta todas
órdenes, para cumplirlas al pie de la letra. Los gritos continúan, las
exigencias y cada vez
se pone más
abusivo hasta el punto que le
exige que le ponga las sandalias,
que le
afeite para estar
bien presentado. Ella
continúa cuidándolo cual enfermera, y el anciano molesto, no se
reconcilia con su corazón e insiste ofendiendo
a mi amada Auri; no le agradece,
ni le respeta, y mi
corazón vuelve a estar
solo.
A hurtadillas ingreso en el cuarto, pero él no
se despierta tomo parte de las medicinas y las boto en la basura. Por la tarde llega
otra vez el médico, le ponen suero con antibióticos y le vuelven a dar más
medicinas porque la temperatura continúa subiendo. Ese día, mientras el
crepúsculo se apropia de las estrellas,
que nerviosas ofrecen su luz. La soledad de la casa resurge con la voz
suave y delicadamente matizada de mi abuela.
-Natí ven niña, él pronuncia sólo tú nombre- dijo en voz baja Aurí, -¡apresúrate!- Llegó a la habitación, y mientras ingreso, le
miro a mi abuelo sonriendo -Nati tengo algo para ti- afirmó -este collar es tuyo, mi amada niña-.
Era mi nombre gravado en unos
pétalos de orquídea, que brillaba
mientras él coloca
en mi cuello, lo
observo, que parecían hablar
todo el amor que
tenía por mí. Le agradezco, le deseo una pronta mejoría y me retiro de la habitación. Los días pasan de igual manera, y por supuesto con la atención
de Auri mi abuelo se recupera. Pero éste
episodio cambiaría la vida de alguien...
Un día cualquiera que prefiero recordar, observo a mi abuela haciendo unas
maletas, - ¿A dónde vas Auri? - le pregunto sorprendida. -La soledad es buena, pero cuando hay heridas
que dejan huella, quedarse no vale la pena- ella replica - ¿por cierto, te vas
conmigo? -Claro que sí- abrazo a mí querida abuela Auri y salimos de casa…
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